viernes, 27 de mayo de 2011

´LEYENDAS SOBRE LAGARTOS

EL PASTOR Y LA FALSA OVEJA

El lagarto de la Magdalena

Un pastor cansado de que un lagarto gigante se comiera los rebaños, mató a una oveja, la rellenó de yesca y se la puso al reptil para que se la comiera, muriendo como consecuencia de haber caído en la trampa. Esta versión es la primera que se conoce escrita y data del año 1628, siendo el autor Pedro Ordóñez de Ceballos y su obra “Historia de la Antigua y Continuada Nobleza de la Ciudad de Jaén”. Tiene también semejanza con otras como la del pueblo de Calzadilla (Cáceres) en la que otro pastor dió muerte a un lagarto gigante que devoraba sus ovejas.

Pese a que esta historia parece concordar con la piel de caimán expuesta en la Iglesia de San Ildefonso, lo más probable es que sea inventada, ya que no consta explícitamente tal carpintero en los viajes de Colón y parece difícil que una persona pudiera mantener a un caimán. La piel expuesta posiblemente no fuera más que un regalo traído desde la propia América, algo bastante común en los años siguientes a su descubrimiento.


Según la tradición, hace más de cuatrocientos años –según otros aconteció en el siglo XVIII– en los alrededores de esta localidad de pastores había muchos reptiles, y especialmente un lagarto tan grande que diezmaba los rebaños, y engullía a algún pastor que anduviese descuidado o que había osado hacerle frente, de modo que los habitantes de la localidad andaban atemorizados. Uno de éstos, de nombre Colás, se topó cierto día con el maligno animal, que hizo ademán de atacarle, tras despedazar a uno de sus perros. Colás se encomendó entonces al Cristo de la Agonía, que milagrosamente convirtió su cayada de pastor en una escopeta o trabuco –otros dicen que fue una ballesta – con la cual, y de un certero disparo, acabó con la bestia.


Una vez muerto el lagarto, el arma se rompió, mientras Colás escuchaba una voz sobrenatural que decía: ¡Rota quedarás para que a nadie mates más! El agradecido Colás decidió ofrecer como presente a su Divino Protector la piel del animal, de la cual –aunque carcomida por los años– aún pueden verse algunos retazos en la ermita del Cristo, erigida entre los siglos XVI y XVIII.
"Que si el cristo me ayudara
y mi cayado arma fuera
a mi rebaño salvara,
a este lagarto venciera,
y sus restos ofrendara
cuando a la ermita volviera".

Sobre la teoría de estos autores nos gustaría señalar que existe otra historia parecida en Córdoba con paralelismos muy a tener en cuenta: la del caimán de la Fuensanta en Córdoba. En el Santuario de la Virgen de la Fuensanta se expone la piel de un caimán que llegó a esas tierras por el Guadalquivir. Sembró el pánico entre los cordobeses hasta que un cojo, después de estudiar las costumbres del animal, lo esperó subido en un árbol con un pan y su muleta. Cuando el enorme lagarto abrió la boca para comerse el pan, el hombre le clavó su muleta en la garganta. La muleta fue colocada como ex-voto en la iglesia de la Fuensanta junto a la piel del reptil.


Otra versión de hace que el protagonista sea un reo condenado a muerte al que le ofrecieron el perdón si acababa con el bicho. Otra vez encontramos paralelismos entre Jaén, Córdoba y Valencia.

otra variante: " El lagarto de la Fuensanta"

Una de las leyendas más extendidas cuenta que en una ocasión hubo una crecida en el río Guadalquivir y la abundancia de agua trajo un temible caimán que llegó a sembrar el pánico entre la población cordobesa y entre las cercanas huertas.


El animal acechaba a sus desprevenidas víctimas, las destrozaba y luego desaparecía en los cañaverales cercanos. Cuando sentía hambre volvía a actuar y de esta forma tenía sobrecogida e impotente a la población hasta que un disminuido físico, un cojo, decidió acabar con el problema.

Se cuenta que, después de estudiar el comportamiento del caimán, lo acechó y lo esperó en un árbol con su muleta y un pan abogado. El pan despertó la glotonería del animal que inmediatamente abrió la boca para engullirlo, momento que aprovechó nuestro héroe para apearse del árbol y clavar el filo de su muleta en la garganta del animal, que disecó y colocó como ex-voto.

Otra forma de la leyenda habla de que el héroe no fue el cojo sino un condenado a muerte a quien se le ofreció el indulto si acababa con el terrible animal que tenía en jaque a la población.
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